El Periódico / Creencias

Cuando los ritos tienen razón

Proverbios, ofrendas y biodinámica: cuando los ritos complementan la razón.

En los viñedos de hoy, la ciencia reduce la incertidumbre, pero no lo explica todo.

Desplazar hacia abajo

De la Paulée en Domaine William Fèvre, en Chablis, a los altares improvisados del Domaine de Long Dai; de los santos de Mendoza a las preparaciones biodinámicas estudiadas por Manuela de Lachapelle, descubre los ritos que han perdurado, desaparecido y vuelto a surgir.

Los ritos que permanecen

Francia: un catálogo de ritos que sobreviven

En los viñedos franceses, los ritos se han vuelto una rareza. François Ménin, gerente de viñedos en William Fèvre, en Chablis, recuerda la sabiduría borgoñona de la abuela de su esposa, una viticultora jubilada: « Para Pentecostés, los brotes deberían haberse extendido al máximo”. Una señal de vigor en el momento justo. «Para la Santa Catalina, todo echa raíz»: un recordatorio de que noviembre es el momento de plantar.

Estos dichos estructuraban las temporadas y el trabajo que las acompañaba. Todavía se citan, aunque cada vez se siguen menos. Hoy, las vides se monitorean con sensores; el tiempo, con radar; y la bodega, con sondas. Los gestos permanecen, pero se respaldan en la ciencia. Queda un puñado de ritos tenaces que persisten, silenciosos, bajo la superficie de la práctica racional. 

En William Fèvre, en Chablis, la vendimia todavía termina con la Paulée. Reunido en la zona de recepción de la uva, el equipo descorcha botellas de años anteriores similares a las condiciones climáticas de la añada. En un año caluroso, por ejemplo, se abre un 2003 como recordatorio de que cosechar temprano ayuda a preservar la acidez.

Las herramientas también tienen su parte de ritual. En todos nuestros viñedos, las tijeras de poda se tratan casi como talismanes. Cada viticultor tiene las suyas, ajustadas a la mano y marcadas con su nombre. Nunca se prestan.

El folclore también sobrevive en la tonelería. Está la barrica que dicen que tiene «226 litros», un litro más de lo habitual, para que los trabajadores puedan robar un sorbo usando un bolígrafo Bic como pipeta improvisada. ¿Broma o ritual? Nuestro artículo sobre hechos y folclore te invita a decidir.

Para los viticultores, sus tijeras de poda personales pueden sentirse casi como un talismán.

En Château L’Évangile, los rituales toman la forma de competencias amistosas. El primero en fotografiar una flor de vid gana una botella. El que adivina el tonelaje total de la cosecha gana otra: una manera lúdica de compartir el conocimiento.

Otros rituales se abandonan de a poco. Antiguamente – recuerda Olivier Bonneau, director de Château Duhart-Milon y de Château Lafite Rothschild –  se introducía una vela o un encendedor en las cubas. Si la llama se apagaba, había dióxido de carbono, así que nadie entraba a descubar. Hoy, aunque sensores precisos han reemplazado la llama, Olivier suele usar su encendedor de vez en cuando.

Los leones de piedra colocados a la entrada de los edificios simbolizan prosperidad y protección.

China y América Latina: donde la vid sigue sus ritos

A diez mil kilómetros de distancia, en Domaine de Long Dai, en China, los rituales siguen muy vivos.

«El calendario lunar es fundamental en la cultura china. Sus fechas clave están todas ligadas al clima», explica Pierre-Antoine Richez, subdirector técnico del grupo DBR Lafite, tras tres años trabajando en la propiedad.

A medida que se acerca el verano, cuando la presión climática aumenta, aparecen altares improvisados entre las hileras. Joyas, tazones de arroz, paquetes de cigarrillos: pequeñas ofrendas que hablan del apego de los viticultores al viñedo.

Junto a estos gestos discretos, símbolos más visibles de protección reflejan la riqueza de las creencias chinas. Los leones de piedra, colocados frente a las entradas de los edificios, vigilan el viñedo. Se cree que mantienen alejados a los espíritus malignos y atraen la prosperidad.

Al cuello o guardados bajo la camisa, amuletos de jade —muchas veces representando figuras benevolentes como Guanyin— acompañan a los trabajadores, protegiendo su salud y seguridad.

Aquí, el viñedo forma parte de un universo de signos, donde la protección espiritual prolonga la lógica agronómica.

Al otro extremo del mundo, Bodegas CARO, la propiedad argentina de Domaines Barons de Rothschild Lafite, también tiene sus rituales. La Virgen de la Carrodilla, patrona de los viñedos de Mendoza, bendice el fruto y el trabajo del año durante la Fiesta Nacional de la Vendimia. Su imagen, sosteniendo un racimo de uvas sobre un carro vitícola, recorre bodegas y fincas, evocando una fe nacida en respuesta a la amenaza del granizo.

A lo largo de los caminos del desierto, la Difunta Correa cuida a los viajeros. A la orilla del camino, pequeños santuarios se llenan de botellas de agua dejadas como ofrenda. Los camiones que transportan uvas muchas veces llevan su imagen, pidiendo protección para el trayecto.

En los viñedos de Altamira, el trabajo continúa con los ojos puestos en el cielo y guiado por una sabiduría más antigua. Javier García, viticultor de Finca 99 y de Numa Camille describe las nubes de granizo: masas de un azul oscuro con forma de yunque, con bordes pálidos, a veces acompañadas de un rumor lejano, como el sonido de turbinas. Los frentes de tormenta ascienden desde el sur, las nubes se elevan a lo largo de las montañas, e incluso se percibe el olor a jarilla en el aire. Esa fragancia terrosa muchas veces anuncia la lluvia que se acerca. Al amanecer, una sola nube en un cielo despejado puede bastar para que un ojo experto declare con certeza: hoy va a llover.

Nubes de granizo se acumulan en el cielo mendocino.

También en algunas bodegas se hacen ofrendas. Un poco de vino de la vendimia anterior se vierte sobre el primer cajón de cosecha como señal de gratitud y buena suerte. De manera más discreta, cintas rojas atadas en la muñeca o en el espejo retrovisor protegen contra el mal de ojo: un pequeño talismán contra lo invisible.

Cruzando los Andes hasta el valle de Colchagua, en Chile, los trabajadores de Viña Los Vascos también levantan la vista, buscando la dirección del viento. «Un viento del norte en primavera o verano anuncia la lluvia».

Hace años, en época de vendimia, el equipo se reunía para un largo «minuto griego», que en la práctica se acercaba a tres minutos, acompañado de percusión. Los trabajadores se servían libremente de las cubas y celebraban el fin de la cosecha. Hoy, siguen distribuyendo el pan de vendimia, un pan redondo que se reparte entre el equipo al cierre de cada jornada de cosecha de vinos tintos.

La religión, naturalmente, sigue teniendo su lugar. San Isidro Labrador, patrono de los agricultores y de la lluvia, es invocado cada 15 de mayo en procesiones rurales y misas.

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El auge de la agricultura biodinámica en los últimos veinte años refleja un renovado interés por prácticas cuyos mecanismos no siempre se comprenden por la razón, pero cuyos efectos sobre las vides y las uvas se notan a menudo. Para Manuela de Lachapelle, directora de Investigación y Desarrollo en Domaines Barons de Rothschild Lafite, se trata de una forma de sentido común rural rehabilitado.

Cuernos rellenos de estiércol de vaca, altares improvisados entre las vides, proverbios o santos patronos : estos ritos nos recuerdan la dimensión irracional del oficio del viticultor.

Quizás incluso su dimensión espiritual. Cuando uno se enfrenta a la certeza que no todo puede controlarse, el rito se convierte en una forma de protección. En cierto modo, es también un gesto de humildad: una manera de confiar frente a una naturaleza cuya fuerza impredecible sigue siendo imposible de dominar.

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