El Periódico / Creencias

Meteorología: la ciencia de la incertidumbre

El tiempo: una lección de humildad, del saber popular a los algoritmos.

Ya sea guiados por la sabiduría popular o por los modelos de pronóstico modernos, agricultores y viticultores buscan lo mismo: un indicio de lo que se avecina. El tiempo, sin embargo, rara vez ofrece certezas.

Desplazar hacia abajo

De las cebollas cortadas por la mitad en el aféizar de una ventana a los modelos de pronóstico meteorológico más sofisticados, agricultores y viticultores buscan lo mismo: una forma de anticipar lo que se avecina. Entre el saber popular y la ciencia probabilística, el tiempo nos recuerda que tomar decisiones implica, muchas veces, actuar sin certezas.

Doce cebollas para doce meses.

El año que revelan las cebollas

Al final de cada año, Rémy Gullung repite el mismo ritual.

En Nochebuena, este alsaciano de Hartmannswiller corta seis cebollas por la mitad y las alinea en el borde de una ventana. Sobre cada mitad espolvorea un pellizco de sal gruesa. Doce mitades para los doce meses que vienen. Luego observa.

La aparición de gotitas predice un mes lluvioso. Las cebollas que permanecen secas anuncian períodos de sequía.

Gullung —bigote espeso, acento local marcado— se pone serio cuando habla de sus pronósticos. Y con los años se ha ganado una reputación.

En el este de Francia, su nombre reaparece cada invierno. La gente lo escucha en la radio. Sus predicciones circulan por Facebook. Los agricultores las comentan en campos y bodegas. Pertenecen a una tradición transmitida de generación en generación, legado de una época en que el primer paso para entender el tiempo era simplemente observar el cielo.

A varios cientos de kilómetros de allí, en Pauillac, Louis Caillard comienza su día de otra manera. Como gerente de viñedos de Château Lafite Rothschild y Château Duhart-Milon, revisa sus pantallas antes del amanecer: modelos meteorológicos, imágenes de radar, curvas de presión. A las seis de la mañana, su decisión ya puede afectar a decenas de trabajadores y hectáreas de viñas.

Dos rutinas. Dos métodos. Una misma pregunta: ¿qué será del cielo mañana?

“Veamos qué dicen este año”

Ni Rémy Gullung ni Louis Caillard trabajan con certezas.

Uno habla de tendencias. El otro, de probabilidades. El lenguaje difiere, pero el trasfondo es el mismo: el tiempo jamás se deja descifrar del todo.

«Un meteorólogo nunca debería ser categórico»

«Un meteorólogo nunca debería ser categórico», dice Gullung. Sus pronósticos esbozan los grandes rasgos del año: una temporada seca, un verano inestable, un otoño templado. No los modifica después. Los defiende, incluso cuando la realidad se aleja de ellos.

Esta postura hunde sus raíces en una tradición rural más antigua. En Alsacia, se creía que los doce días entre Navidad y Epifanía eran un espejo de los doce meses por venir.

Observar esta «petite année» —o «año pequeño»— era una práctica común. La abuela de Gullung, horticultora, la usaba para planificar sus cultivos. Como muchos agricultores de su generación, no tenía radar ni modelos. Lo que hacía era prestar atención: al cielo, al viento, a la humedad del aire, al ritmo de las estaciones.

Gullung guarda un cuaderno lleno de sus predicciones anuales.

Si Remy Gullung sigue siendo escuchado hoy, no es simplemente por nostalgia. Muchos de los agricultores y viticultores que siguen sus pronósticos aprendieron a descifrar las señales de la naturaleza con sus padres. Su público va mucho más allá de los simples curiosos. Algunos expertos también prestan mucha atención a sus predicciones. François Ménin, gerente de viñedos de Domaine de William Fèvre en Chablis, consulta regularmente los pronósticos de Gullung, a quien llama con cariño «mi Panoramix». El apodo, que hace referencia al druida de los cómics de Astérix, es una manera de reconocer que incluso en la era de los algoritmos, la sabiduría de los antepasados sigue vigente.

Louis Caillard, gerente de viñedos de Château Lafite Rothschild y Château Duhart-Milon.

«Pronosticar el tiempo es un poco como apostar en una carrera de caballos»

En Pauillac, Louis Caillard no podría estar más de acuerdo.

Los modelos que consulta cada mañana integran enormes cantidades de datos: capas atmosféricas, temperaturas oceánicas, masas de aire en movimiento, vientos dominantes. Intentan anticipar los movimientos de un sistema planetario en el que el más leve desajuste puede alterar el resultado por completo.

«Pronosticar el tiempo es un poco como apostar en una carrera de caballos», dice. Las probabilidades se afinan, se abren posibles escenarios, pero la incertidumbre nunca desaparece.

Las tormentas eléctricas son un buen ejemplo. Los meteorólogos pueden saber que se avecinan. Predecir exactamente dónde y cuándo caerán los rayos es otra historia.

Entre las cebollas de Gullung y los algoritmos de Caillard, la ambición es la misma: reducir la incertidumbre sin llegar a eliminarla jamás. 

Una ciencia de la creencia

A primera vista, las cebollas de Gullung y los modelos de pronóstico moderno no podrían ser más diferentes.

Por un lado, gestos heredados y prácticas ritualizadas. Por el otro, una ciencia avanzada basada en satélites, datos y capacidad de cómputo. Sin embargo, los dos mundos no están tan opuestos.

Muchas creencias sobre el tiempo comenzaron como observaciones meticulosas, antes de que existiera el vocabulario científico para explicarlas. 

En España, un viticultor le contó una vez a Louis que cuando los escalones de piedra de su bodega se humedecían, la lluvia no estaba lejos. Sonaba a folclore, pero tenía una explicación simple: al bajar la presión atmosférica, la humedad asciende desde el suelo.

Otras creencias se fueron popularizando. Las golondrinas que vuelan bajo antes de la tormenta. Las articulaciones que duelen antes del mal tiempo. O como advierte un misterioso proverbio francés: «Ciel pommelé et femme fardée ne sont pas de longue durée.» Literalmente: «Cielo con nubes esponjosas y mujer maquillada no duran mucho.» Más allá del dejo de misoginia anticuada, la frase alude a esas nubes esponjosas que suelen anunciar un cambio repentino del tiempo.

«Ciel pommelé et femme fardée ne sont pas de longue durée.» Un misterioso proverbio francés que alude a esas nubes esponjosas que suelen anunciar un cambio repentino del tiempo.

El enfoque de Gullung no es tan diferente. No reivindica una ciencia exacta ni una verdad absoluta. Habla de transmisión. De observación, continuidad y experiencia.

Sus métodos no pretenden competir con la meteorología moderna. Solo nos recuerdan que mucho antes de los satélites, la gente ya intentaba leer el cielo. El conocimiento era incompleto, pero muchas veces práctico.

La ciencia no elimina la duda. La organiza. La mide. Incluso los modelos más sofisticados son falibles.

En ambos casos, la clave está menos en creer que en permanecer atento.

Las ranas suelen aparecer en el folclore meteorológico. Un proverbio dice: si las ranas croan, la lluvia llegará en tres días.

Una lección de humildad

Rémy Gullung y Louis Caillard habitan mundos muy distintos. Sin embargo, comparten la misma humildad ante el cielo.

Uno convierte el tiempo en ritual, para intentar hacerlo legible. El otro lo convierte en datos, para intentar anticiparse. Ambos saben que el cielo siempre les lleva un paso de ventaja.

Al final, el objetivo no es prometer certezas, sino aprender a actuar a pesar de la incertidumbre.

O, para tomar prestado un pensamiento atribuido al filósofo estoico Séneca: no existe el mal tiempo, solo el equipamiento inadecuado.

Leer más

Lo que los vientos se llevaron

Assemblage

En nuestras bodegas, ensamblamos variedades de uvas; en nuestro Periodico, ensamblamos ideas. Esta vez, se trata de un léxico bastante aéreo. Los vientos hacen la lluvia y el buen tiempo. Pero, ¿también hacen los vinos? Una visión general de aquellos que soplan sobre nuestros viñedos, desde la tramontana hasta el tifón.

Diarios de viñedo

En los pasos de dos viticultores de extremos opuestos del mundo.

¿A qué realmente se parece un día en la vida de un viticultor? Los diarios de Jeanne, en Château L’Évangile en Pomerol, y Joaquín, en Viña Los Vascos en Chile, revelan dos vidas contrastantes pero conectadas. Esta es la historia de dos hemisferios diferentes y una pasión compartida.

Conoce la familia...
lo sentimos, pero usted no tiene la edad suficiente para acceder e este sitio web