Terremotos, heladas y nieve: cuando la naturaleza pone a prueba a nuestros enólogos y viñedos.
Desde los choques sismos en Chile hasta las heladas intensas en Chablis y el suelo congelado en Shandong, nuestros equipos han enfrentado más desafíos de los que cualquiera podría imaginar. Estas son algunas de sus historias de resiliencia.
A veces, los ritmos de la vida en el viñedo no se alteran por errores humanos ni por los vaivenes del mercado, sino por fenómenos naturales impredecibles. A lo largo de nuestras propiedades en Chile, Francia y China, la adversidad ha tomado distintas formas. Cada episodio ha dejado una huella, tanto en las parras como en quienes las cuidan.
Chile, 2010: el día que la tierra se sacudió
En Viña Los Vascos, fines de febrero es sinónimo de preparación de la cosecha. Los tanques ya están casi vacíos, con apenas unos pocos aún llenos de vino; el resto ya ha sido trasladado a cubas de concreto. Pero a las 3:00 de la madrugada del 27 de febrero de 2010, un terremoto de magnitud 8,8 sacudió las cercanías de Concepción, haciendo vibrar la viña con una fuerza capaz de estremecer el acero.
El enólogo, Max Correa, estaba en Santiago, recuperándose de una lesión futbolística —una suerte, visto en retrospectiva. Al día siguiente, regresó al viñedo y se encontró con el caos. « Parecía una escena de película », dice. La autopista estaba llena de grietas abiertas, los puentes colapsados, el aire cargado de polvo.
Las barricas y estanques se habían volcado en la bodega, con vino corriendo por el piso y filtrándose en el piso.
En el viñedo, el pánico se mezclaba con rumores: que las represas podían ceder, que el agua inundaría los campos. Algunas de esas advertencias se hicieron realidad. Las represas Isla Redonda y Santa Lucía colapsaron. El agua llegó hasta la bodega, reventó varios tanques y arrastró vino hasta un campo de maíz vecino. Se perdió toda la cosecha.
Nadie entró a la bodega hasta el lunes. Y cuando lo hicieron, fue con trajes de bomberos, mientras las réplicas seguían. Las barricas estaban volcados, el vino había impregnado los ladrillos. El olor permaneció durante un año. La casa principal, cuya reserva de botellas fue destruida por el sismo, tuvo que ser sellada y ventilada, pero finalmente se debió reconstruir el piso. Las tiendas del pueblo estaban vacías. « Recuerdo haber comido más carne que nunca esa semana. Para no perder lo que se estaba descongelando, hicimos asados todos los días », recuerda Max.
Tras el terremoto, se perdieron millones de litros de vino.
Los trabajadores durmieron en carpas y casas prefabricadas. El guardia que estaba de turno esa noche aún recuerda el sonido de los tanques chocando entre sí. Diez días después, comenzó la cosecha, con las réplicas todavía sacudiendo los nervios —y el equipamento. Se perdieron más de un millón de litros de vino. Los tanques fueron anclados al suelo, las represas reconstruidas. « Vamos a salir adelante », se dijeron. Y así fue. El eco del acero contra el acero quedó marcado en la memoria, pero finalmente hubo luz al final del túnel. El 2010 fue una de las mejores cosechas de Le Dix.
Chablis, 2023: la helada implacable
En Chablis, las amenazas llegan en silencio, durante noches de primavera despejadas. El valle, siempre propenso al frío, ha visto cómo sus heladas han cambiado. Antes eran heladas blancas —suaves, tardías, con -2 o -3 grados en mayo—, pero ahora son heladas negras —más tempranas, intensas y con temperaturas que pueden caer a -8 o -9. El nuevo escenario obliga al equipo del Domaine William Fèvre a estar en alerta antes de la cena, no solo al amanecer.
Las heladas tempranas, que son más dañinas, se conocen en los viñedos como « heladas negras ».
Sistema de aspersión de agua en las viñas del Domaine William Fèvre. Cuando la temperatura desciende por debajo de cero, el agua se congela en la superficie de las yemas, formando una capa protectora de hielo que mantiene la temperatura del tejido vegetal por encima de 0 °C.
El 10 de abril de 2023, los sensores del viñedo —centinelas digitales repartidos entre las parras— empezaron a activarse. Las temperaturas caían. « No necesitas Netflix », dice Didier Séguier, Director Técnico. « El suspenso está en las viñas. » A las 8 de la noche, el equipo ya estaba afuera, a la luz de sus linternas frontales.
Se usan varios tipos de protecciones: los sistemas de aspersión, instalados en los años 70, rocían agua que congela los brotes, manteniéndolos a 0 °C. « Es como caminar por la cuerda floja », explica Didier. « Si te detienes, caes. » Las velas —cientas por hectárea— queman parafina vegetal. « Después de una noche con las velas, pareces un limpiador de chimineas », bromea un trabajador. Los cables eléctricos, instalados en marzo de 2004, calientan automáticamente las parras, pero solo en las parcelas más valiosas.
Cada decisión cuesta. « Una noche con velas puede costar entre seis y ocho mil euros por hectárea », dice Didier. « No se prenden a menos que sea estrictamente necesario. » Los equipos se activan por turnos, dependiendo de qué sensores se disparan. « Todo depende de la humedad y el viento », comenta Didier. « Más humedad, más riesgo. Si hay viento, tienes suerte. » Algunas noches, veinte personas trabajan en el frío, revisando velas, desatascando aspersores, monitoreando cables. Por la mañana, cuando la temperatura por fin sube, se reúnen para tomar café y comer croissants, con los rostros tiznados por el hollín y el cansancio. « Hay camaradería », dice Didier. « Ves a tus vecinos con sus propios fuegos. No es la fiesta que uno elegiría, pero es la que toca. »
Shandong, 2024: cultivar en la nieve
En el Domaine de Long Dai, el viñedo se extiende en un mosaico de terrazas en las colinas de Shandong. Los inviernos son fríos y secos, y cuando la suerte acompaña, cubiertos de nieve. La nieve beneficia a las parras, aislando sus raíces y conservando la humedad. Shandong es una de las pocas regiones vitivinícolas de China donde no es necesario enterrar las vides para protegerlas, gracias a su cercanía con el mar de Bohai, que modera el invierno con su influencia marítima: frío, pero no extremadamente helado.
Para los trabajadores, sin embargo, la historia es otra. Shao Li, Jefe de viñedo, lo resume así: « La nieve es buena para el vino, pero no facilita el trabajo. No se ve el suelo. Está congelado. Poner postes se convierte en un deporte. »
La nieve es buena para el vino, pero no facilita el trabajo.
La tarea principal del invierno es instalar postes y alambres para la siguiente temporada. Cuando la nieve es espesa, el suelo está oculto y tan duro como la piedra. « Es muy difícil alcanzar la profundidad que queremos », explica Shao. Al mediodía, el sol convierte la nieve en barro, y el viñedo en una pista resbalosa. « O está muy resbaloso o demasiado húmedo », añade. « Es un desafío. »
En diciembre de 2024, cuando comenzó a nevar, dos trabajadores —Haiming y Chuanping, ambos en sus cuarentas y « jóvenes, según nuestros estándares », según Shao— se convirtieron en los hombres clave del equipo. Manejaron los tractores, instalaron los postes y bromearon con inventar un trineo para estacas que les facilitaría el trabajo. « Al mediodía, el barro era como pegamento », dice Haiming. « Perdías una bota y simplemente seguías caminando. » Hay algo de humor resignado en eso, la risa de quienes saben que no se puede discutir con el clima.
Los trabajadores debían protegerse del frío, pero aún podían reírse de lo absurdo que es cultivar en una pendiente congelada.
A la hora del almuerzo, el equipo tomó té caliente y apostó quién sería el próximo en caerse. La nieve protegía las parras, pero los trabajadores necesitaban su propio tipo de protección: capas de ropa, buenas botas, y la capacidad de reírse de lo absurdo que es trabajar en una pendiente congelada.
A veces, los ritmos del viñedo se rompen. La tierra tiembla, la helada muerde, la nieve entierra los postes. Pero el trabajo sigue. Y las parras, ajenas al drama, siguen creciendo.
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Lo que los vientos se llevaron
Assemblage
En nuestras bodegas, ensamblamos variedades de uvas; en nuestro Periodico, ensamblamos ideas. Esta vez, se trata de un léxico bastante aéreo. Los vientos hacen la lluvia y el buen tiempo. Pero, ¿también hacen los vinos? Una visión general de aquellos que soplan sobre nuestros viñedos, desde la tramontana hasta el tifón.