Durante un tiempo, en el siglo XIX, hubo una manera bastante sofisticada de mejorar un vino de Burdeos. Se elegía una barrica perfectamente correcta, se la cargaba en un barco y se la enviaba a recorrer cerca de 20.000 kilómetros alrededor del mundo. Bordeando la costa atlántica. Doblando el cabo de Buena Esperanza. Cruzando el océano Índico. Quizá hasta los puertos de Calcuta, Madrás, Bombay o Pondicherry (hoy Kolkata, Chennai, Mumbai y Puducherry). Y después, el mismo recorrido de regreso.
El vino cruzaba el ecuador, soportaba meses de oleaje y clima tropical, y volvía a Burdeos después de haber pasado por casi todo los riesgos de los que se supone que una bodega debería protegerlo. Lo lógico habría sido que regresara estropeado. Pues no: regresaba mejor. Esta es la historia del Retour des Indes.
Cuadro de los muelles de Pauillac, segunda mitad del siglo XIX.
Devuelto al remitente
Todo comenzó con un fracaso comercial. En la primera mitad del siglo XIX, los negociantes de vino y propietarios bordeleses despachaban barricas hacia enclaves comerciales y mercados de toda Asia. Inevitablemente, algunos cargamentos no encontraban comprador. En lugar de abandonar el vino sin vender, los veleros traían parte de esos lotes de vuelta a Europa.
Cuando volvieron, los cataron. Algo había ocurrido. Se habían suavizado. Sus taninos parecían más integrados. Su bouquet (el conjunto de aromas que el vino desarrolla con la crianza) había evolucionado más rápido que en una bodega tradicional.
El vino había partido a la India en busca de un comprador y había vuelto transformado. Al fenómeno se le dio un nombre: Retour des Indes, el «Regreso de las Indias».
Etiquetas de vinos del Médoc estampilladas «Retour de l’Inde».
Una feliz casualidad
Lo que había empezado por accidente se convirtió en una verdadera técnica de crianza. Algunos negociantes de vinos llegaron a fletar barcos especialmente para transportar sus vinos en un viaje de ida y vuelta, convirtiendo miles de kilómetros de océano en una forma bastante singular de prolongar la crianza. Por una vez, irse por el camino largo era justamente lo que se buscaba.
Bodegas sobre las olas
¿Qué ocurría a bordo de esos barcos? La travesía sometía el vino a una curiosa combinación de circunstancias. El balanceo y el cabeceo constantes de la nave lo agitaban suavemente durante meses enteros. El vino sufría además bruscos cambios de temperatura cuando los barcos pasaban de las aguas templadas al calor tropical, y otra vez al regresar. A eso se sumaba la humedad tan particular bajo cubierta.
En conjunto, se creía que esas condiciones aceleraban la crianza. El movimiento ayudaba a suavizar los taninos. Los cambios de temperatura favorecían el desarrollo de los aromas. El ambiente húmedo limitaba la evaporación a través de la madera de las barricas. Los vinos volvían con notas que de otro modo habrían tardado mucho más en aparecer: cacao, tabaco, especias dulces y frutas confitadas. El mar transportaba el vino y, de paso, lo añejaba.
Grabado de las orillas del Garona en el siglo XIX.
Los que achicaron el mundo
Nada de esto habría sido posible sin los negociantes de vinos bordeleses. Ya en el siglo XIX habían tejido redes sofisticadas, capaces de llevar el vino de Burdeos a todo el mundo.
Schröder & Schÿler enviaba regularmente barricas y cajas de crus classés al subcontinente indio por el cabo de Buena Esperanza, hasta llegar a formalizar una gama de vinos con el nombre Retour des Indes. Las redes de Barton & Guestier se extendían por todo el Imperio británico. Cruse & Fils Frères contribuyó a internacionalizar los grandes vinos del Médoc, mientras que Nathaniel Johnston & Fils embarcaba sus vinos en largas travesías por el mundo. El château hacía el vino. El negociante le entregaba el pasaporte.
Lafite, rumbo a la India
Lafite ya formaba parte de ese mundo viajero desde hacía mucho tiempo. Según un anuncio publicado en el Madras Courier del 23 de abril de 1806, los vinos de Lafite habían llegado a la ciudad portuaria a bordo de un barco estadounidense llamado Juliana. La red de negociantes de vinos bordeleses siguió enviando barricas de Lafite a la India británica a lo largo de todo el siglo.
Los barcos que volvían de Calcuta y de Madrás eran noticia en Burdeos. La prensa regional y comercial publicaba notas sobre su arribo y la subasta pública de su cargamento. Y, con el tiempo, el Regreso mismo se convirtió en argumento de venta.
Contraetiqueta de un vino de Château Lafite, con destino a Bombay y Madrás.
Las millas náuticas, garantía de prestigio
La mención Retour des Indes indicaba a los aficionados que aquel vino tenía una historia que un Burdeos corriente no podía contar. Esas palabras, o abreviaturas como «R.D.» y «R.I.», a veces iban estampadas o impresas en las etiquetas y contraetiquetas. Los corchos también podían llevar marcas para identificar los vinos que habían hecho la travesía.
Detalle del mapa del curso del Garona, 1759.
El viaje se había convertido en garantía de procedencia y de prestigio, y los vinos que regresaban se cotizaban muy por encima de los que se habían quedado «en casa». Se los encontraba en las mesas más selectas de París y de Londres, como objetos de lujo ostentoso. La idea tiene algo de absurdamente encantador: el mismo vino valía más por haber recorrido miles de kilómetros y terminar exactamente en su punto de partida.
Y entonces el mundo se aceleró
Esta práctica llevaba en sí el germen de su propio fin. Durante siglos, los negociantes de vinos se habían esforzado por hacer la travesía más rápida y más confiable. Hasta que lo lograron.
El vapor reemplazó a la vela. Un viaje que antes llevaba cerca de cuatro meses podía ahora completarse en unas pocas semanas. Para el comercio, era un progreso. Para el concepto de Retour des Indes, era un problema. Sencillamente, el vino ya no pasaba el tiempo suficiente en el mar para experimentar la transformación buscada.
Después llegaron otras presiones. La filoxera devastó los viñedos europeos en las décadas de 1870 y 1880, y el vino se volvió escaso y caro. Más tarde, la reglamentación de las denominaciones de origen y la creciente exigencia de mise en bouteille au château (embotellado en la propiedad) complicaron cada vez más el envío de barricas alrededor del mundo. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, el Retour des Indes fue desapareciendo poco a poco.
El pasaporte de un vino viajero.
El gran rodeo
Hay algo maravillosamente circular en todo este episodio. Durante la mayor parte de la historia del vino, el viaje ha sido un problema que superar. Cada avance en el transporte buscaba hacer la travesía más corta, más segura y menos perjudicial para el vino. Hoy, la meta es que una botella llegue al otro extremo del mundo con exactamente el mismo sabor que tenía al partir.
Por un tiempo, el Retour des Indes invirtió esa lógica. En aquel curioso paréntesis de la historia, la manera ideal de mejorar un vino era enviarlo a dar la vuelta al mundo. Y esperar su regreso.
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