El Periódico / Creencias

Capa, corchos y cofradía

En la Commanderie du Bontemps: donde el rito, la fe y la comunidad se encuentran.

Un rito antiguo nos muestra por qué, incluso en 2026, el mundo del vino sigue creyendo en el poder de lo colectivo.

Desplazar hacia abajo

Misterio en la bruma

Es una fría mañana de enero en Léognan. La neblina se desliza por las calles del centro, difuminando las fachadas y envolviendo el campanario de la iglesia en un velo pálido y lechoso. El aire es húmedo. Los cuellos de los abrigos van levantados y, al pasar, los transeúntes dejan pequeñas nubes de vapor.

Todavía no son las diez cuando aparecen las primeras capas. Su brillo violeta atraviesa la niebla. Telas moaré, terciopelo pesado. Siluetas comienzan a agruparse. Rojos, amarillos y blancos entran en escena. Lentamente, una colorida procesión emerge de la bruma, como salida de otro siglo.

Tras el estandarte de la cofradía, la procesión atraviesa Léognan con atuendo ceremonial.

Al frente, dos tambores rompen el silencio. Luego aparece la estatua : San Vicente esta alzado encima de la columna. La madera dorada, pulida por el tiempo, contrasta con el brillo de las vestimentas.

La procesión avanza hacia la iglesia. En las veredas, la gente se detiene. Se apagan motores. Una ventanilla baja; aparece un celular. La escena despierta curiosidad.

Detrás de la procesión

Retrocedamos unas horas. Antes de la procesión. Antes de los tambores y la estatua.

A las 9:30, justo al lado de la iglesia, la Commanderie du Bontemps se reúne en el mercado cubierto de Léognan. Protegido del frío y de las miradas curiosas, el ritual toma forma.

La gente se saluda como cada año. Abrazos, apretones de manos, una palmada amistosa en el hombro. Algunos conversan como viejos amigos; otros se conocen por primera vez. Los veteranos reciben a los recién llegados. Las voces se mezclan: alegres, atentas, a veces en tono de broma.

En medio de ese movimiento, una figura llama la atención. Su capa es igual a la de los demás, pero una cadena dorada la adorna. Más tarde, sus manos alzaran un cetro. 

Es el Grand Maître, Emmanuel Cruse.

Se mueve de grupo en grupo, intercambia unas palabras y comprueba que todo esté en orden. 

El título en sí provoca una sonrisa. Él mismo se ríe de él. «Sí, los términos son bastante grandilocuentes», dice. «Probablemente evocan ciertas logias antiguas de tradición masónica. 

«Lo que protegemos aquí no es la tradición por la tradición. Es una manera de mantenernos unidos. El vino es una empresa colectiva. Si lo olvidamos, todo se fragmenta».

En un rincón alguien ajusta una solapa; más allá, se abrocha cuidadosamente una capa. Los gestos son atentos, a veces un poco torpes. Estas capas no se usan todos los días.

Los roles se asignan según el protocolo: los alabarderos que acompañarán al Grand Maître, los portadores de San Vicente, los músicos, quien llevará el estandarte, el vino nuevo, las fíbulas.

Antes de que comience la ceremonia, todo se ordena. Y donde hay un papel, hay un traje.
La fíbula es el emblema de la Commanderie. Adorna la capa de cada Commandeur y lleva las iniciales de la orden, junto con el bontemps, un legendario batidor que los maestros de bodega utilizaban para batir las claras de huevo empleadas en la clarificación del vino.

La Commanderie du Bontemps fue revivida en 1949, cuando los viñedos de Burdeos se reconstruían tras la guerra. Su idea fundacional sigue siendo singular aún hoy : reunir, bajo un mismo estandarte, a quienes producen el vino y a quienes lo distribuyen.

Desde entonces, miles de personas han sido investidas. Y esta mañana, en Léognan, la Commanderie cobra forma nuevamente, sostenida por la repetición de los roles y por una idea simple que atraviesa toda la jornada: el vino alcanza su plenitud cuando se comparte.

Entrando en el rito

Volvamos a la procesión. La columna entra en la iglesia. Adentro, el aire lleva el aroma del incienso y la cera fría. Las capas rozan el suelo de piedra; las alabardas resuenan suavemente al tocar los adoquines. Los tambores callan.

La iglesia ya está llena para la misa del domingo. Familias, adultos mayores, monaguillos. Un domingo ordinario, si no fuera por la procesión inusual que cruza la nave.
En un altar lateral, tres cascos ceremoniales con plumas de la academia militar de Saint-Cyr están colocados con precisión. Los uniformes se mezclan con albas y capas. Es evidente: es un día de atuendos ceremoniales.

No todos comparten el mismo color. Algunas capas vienen de otros lugares. El rojo brillante de la Jurade de Saint-Émilion se destaca entre los violetas. Un gremio unido por la amistad y valores compartidos.

«Estas instituciones no están aquí para defender una sola propiedad o un nombre, sino una denominación», explica alguien. «Nos reunimos porque compartimos la misma profesión y las mismas fragilidades».

La estatua de San Vicente se coloca cerca del altar. A su lado, una barrica con el vino nuevo. A través de ella, todos los vinos de la Rive Gauche están representados simbólicamente: Médoc, Graves, Sauternes y Barsac.

Comienza la ceremonia. Las palabras del sacerdote resuenan bajo la bóveda. Habla del trabajo, del esfuerzo, de un año difícil. Habla también de solidaridad y unidad.

El vino nuevo se presenta y se bendice.

En la congregación, los cuerpos adoptan la misma postura sin que nadie lo indique. Manos entrelazadas. Cabezas inclinadas. Silencio.

Cuando la ceremonia termina, las puertas se abren. El aire frío entra y la procesión vuelve a salir.

El ritual continúa.

Hay que probarlo para creerlo

Apenas se entra en el salón del banquete, la camaradería reemplaza rápidamente la solemnidad de la ceremonia religiosa. Las mesas resplandecen, cubiertas con manteles blancos. Pero lo que realmente llama la atención son las copas: filas y filas, alineadas en cada puesto.

Los enólogos recorren la sala con botellas en mano. Sirven, comparten, prueban. Un apretón de manos se intercambia por una añada. El trueque es espontáneo y alegre. Cada uno quiere presentar su vino, pero también descubrir el de los demás.

Se asemeja a un mercado sin dinero. Un caos organizado donde las etiquetas se reconocen desde el otro lado de la sala y las conversaciones giran, desde el inicio, en torno al vino, la añada, el clima.

Antes de que comiencen los discursos, el vino pasa de mano en mano y las botellas se acumulan sobre las mesas.

En medio de este animado desorden, Emmanuel Cruse observa la sala. Suele decir que lo singular de la Commanderie du Bontemps no reside en la ceremonia en sí, sino en lo que logra reunir.

«Por una vez, producción y distribución están bajo un mismo estandarte. Dominios, cooperativas, negociants y courtiers. Todos estamos en el mismo ruedo».

Al ver las botellas circular libremente de mesa en mesa, se vuelve una evidencia. 

En pleno bullicio, comienza la ceremonia de investidura. Las conversaciones se apagan y la atención se dirige al escenario. Los nombres se anuncian uno a uno. Cada iniciado avanza. Un Commandeur deposita una capa sobre sus hombros en un gesto simple pero solemne.

Luego viene la prueba: la cata. Una copa y unas palabras para describirla. Nada excesivamente académico, pero suficiente para demostrar conocimiento.

Sobre todo, que se comparte el espíritu del momento.

La colocación de la capa sella la investidura. En la imagen: Éric Kohler, director técnico de Château Lafite Rothschild y Château Duhart-Milon.

Luego vienen la fíbula y el diploma firmado. Finalmente, doce golpes sobre la barrica de vino nuevo sellan la investidura, bajo la mirada serena de San Vicente.

Entre los nuevos Commandeurs del día está Rodolphe, contador de profesión. Para él, este honor es una forma de reconocimiento, una manera de ingresar en un círculo construido sobre la cooptación y la transmisión. Lleva veinte años asistiendo a la ceremonia. La investidura no hace más que formalizar esa fidelidad.

Para Isabelle, influencer del vino entre China y Francia, el ritual tiene otro significado. En China, explica, demostrar la autenticidad de los vinos es fundamental, ya que el temor a las falsificaciones sigue muy presente. Vestir la capa de una cofradía reconocida se convierte en una prueba tangible. Más allá de las fronteras, la capa inspira confianza.

Paloma Sénéclauze, directora general de Château Marquis de Terme e investida recientemente, reconoce que integrarse a una institución así puede resultar intimidante al principio. Ser una mujer joven en un mundo altamente codificado, históricamente dominado por hombres, podría parecer limitante. Sin embargo, ella lo ve de otra manera.

«Hoy todos entienden que las cosas deben evolucionar», afirma. Las puertas se están abriendo a quienes antes quedaban al margen. Habla de un cambio real, visible en la práctica cotidiana. Y también de una convicción: «No hay que dejarse intimidar por los ritos, sino aprovechar esa diferencia para hacerlos evolucionar desde dentro».

El círculo de la cofradía

Una vez terminadas las investiduras, la sala no se vacía.

Las capas se dejan a un lado y comienza la comida. Las conversaciones regresan, ahora orientadas hacia los viajes, los mercados lejanos y los proyectos por venir.

Quizás es aquí donde la Commanderie se revela con mayor claridad: cuando la ceremonia se disipa y lo que ella hace hace posible pasa a primer plano.

Detrás de las capas y de los títulos ancestrales se esconde un mecanismo profundamente contemporáneo. Los ritos abren puertas. Las investiduras crean redes. Cada miembro se convierte en embajador, en un punto de apoyo en algún lugar del mundo.

Yoyo Maeght, investida ese día, reconoce algo familiar en este modelo. En las inauguraciones de la galería de su infancia, recuerda, los artistas coexistían sin anularse entre sí. Miró, Giacometti, Chagall y Calder no eran competidores directos. Cada uno afirmaba una identidad fuerte mientras formaba parte de un mismo paisaje artístico.

Para ella, las cofradías funcionan de manera similar. La competencia se atenúa momentáneamente en favor de lo colectivo. El vino se convierte en una creación compartida, sostenida por estilos singulares pero arraigada en un territorio común.

Al final de la tarde, los manteles están manchados y las copas a medio llenar.

Afuera, la niebla se ha disipado. Léognan retoma su ritmo habitual, un pueblo de la Rive Gauche que vuelve a la calma de un domingo por la tarde.

En los maleteros de los autos que parten, las botellas intercambiadas durante el día ya viajan hacia otras mesas, otras copas, otros encuentros.

El ritual ha terminado. Su espíritu permanece.

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