El Periódico / Fruta

Viñedos multivitamínicos

Explora los huertos y jardines ocultos que crecen detrás de las parras.

Un recorrido por tres viñedos donde higueras, rosales, chaguales y membrillos extienden la labor de la vid, resaltan el ritmo de las estaciones y fortalecen la vitalidad del suelo.

Desplazar hacia abajo

Un viñedo puede percibirse de un solo vistazo: hileras alineadas como una partitura musical, hojas cuidadosamente entutoradas, racimos a la vista. Pero detrás de este telón de follaje, otras variedades suelen pasar desapercibidas: higueras retorcidas, flores de almendro, setos llenos de secretos, hierbas silvestres, abejas zumbando, ovejas que deambulan… Una biodiversidad silenciosa, pero poderosa.

En Domaines Barons de Rothschild Lafite, cada terroir dialoga con su entorno: una conversación constante entre la tierra y la vida. Esta es una mirada a tres viñedos-huertos donde la biodiversidad crece tan naturalmente como la fruta en verano.

Tres viñedos vivos: del Valle de Colchagua al Médoc, pasando por Corbières.

Viña Los Vascos — Valle de Colchagua, Chile
El jardín entre las rocas

En Los Vascos, la fruta crece donde menos te lo esperas; entre piedras tibias por el sol, laderas erosionadas y surcos esculpidos por los vientos del Pacífico. Es un huerto disperso, libre como un patio de juegos, plantado en los pliegues del Chile central. Cerezos, higueras, ciruelos, olivos, cítricos, nogales, pistachos: basta una caminata corta para encontrarlos. Los árboles se responden en silencio, esparcidos por manos humanas y caprichos del suelo.

De las 3.600 hectáreas, solo una sexta parte está plantada con viñas. ¿Y el resto? Un mosaico de especies nativas, plantas endémicas, bosques esclerófilos preservados y huertas que nutren. La viña optó por dejar respirar la naturaleza en lugar de cercarla. Un olivo centenario se cruza con un limonero juguetón. Un membrillo sueña bajo una higuera. Una cereza termina en la mano de un viticultor, como un dulce antes de tiempo.

Reserva natural, Los Vascos alberga decenas de especies de aves en el exuberante Valle de Colchagua, incluyendo al picaflor gigante.

Los árboles frutales abundan. Algunos alimentan al equipo o a las aves, otros se cosechan y se comercializan: ciruelas, nueces y aceite de oliva llegan al mercado. El resto son parte de la experimentación, y a veces, simplemente del placer de un viticultor-jardinero. Cada uno cuenta su historia: un antojo, una sombra, una apuesta.

Junto a estos huertos cultivados, crecen también las plantas endémicas de Chile, muchas de ellas comestibles: el koyle, con su pequeño fruto comestible; el canelo, cuyas bayas dan origen a la pimienta de canelo; el oréganillo, una variedad silvestre; o el boldo, usado en infusiones terapéuticas y hasta en helados servidos en La Casona.

En este ecosistema floreciente, lo cultivado y lo silvestre se responden mutuamente, tejiendo un mosaico donde cada planta tiene su lugar y su propósito.

El chagual, una planta de mil virtudes, da identidad al vino Los Vascos Chagual.

El Chagual ( Puya chilensis), una planta de mil virtudes, ocupa acá un lugar singular. Nativo de la cordillera de los Andes en Chile, pertenece a la familia de las bromelias, como la piña. Sus rosetas espinosas despliegan una inflorescencia espectacular que puede alcanzar varios metros de altura. Antes se comía en cocinas rurales por su corazón dulce y crujiente; hoy es una especie protegida en Chile.

En Viña Los Vascos, ya no alimenta el estómago, sino el suelo. Estabiliza pendientes pobres, previene la erosión, da refugio a brotes jóvenes y atrae aves. En las zonas más frágiles de la propiedad, se planta para ayudar a la naturaleza a recuperar su equilibrio, como verdadero centinela botánico.

Símbolo de la cuvée orgánica que lleva su nombre, el chagual cuenta una historia de resiliencia y tiempo.

Aussières — Corbières, Languedoc
El taller de las estaciones

En Aussières, la fruta crece al alcance de la mano. En los pliegues de los cerros, junto a muros de piedra seca, al borde de senderos olvidados. Almendros, membrillos, higueras, caquis, duraznos: cada estación tiene su fruta-tótem, y cada árbol, su silueta familiar. Entre Narbona y Fontfroide, la propiedad se extiende por 550 hectáreas. Olivos preceden a las viñas, almendros interrumpen claros, árboles frutales se aferran a laderas como cuentos que apenas se han contado.

Dan fruto cuando quieren, como pueden. Algunos llevan décadas, quizás un siglo, enfrentando sequías y tormentas. Su presencia no siempre se explica. Se conservan por su sombra, la gracia de su tronco, o la acidez repentina que aportan a un plato improvisado. Son parte del paisaje, pero también del oficio. Donde la vid no prospera, otras especies toman el relevo: duraznos viñateros, alcaparras, granados—plantas que saben vivir con poco.

El huerto silvestre convive con olivares y huertas.

Es una especie de radar. Señala excesos, carencias, años difíciles. Atrae insectos, da refugio a aves, deja caer su fruta para caminantes, tejones o vendimiadores.

La viña es también un refugio LPO (Liga francesa de Protección de las Aves). Cajas nido reciben aves canoras y rapaces. Una parcela entera se reserva para ellas. Se plantan especies locales, se injertan, se observa su crecimiento. La asociación Arbre & Paysage (Árbol & Paisaje) apoya estas plantaciones: primero variedades nativas, luego injertos frutales pensados para el futuro. Cada árbol tiene su rol: una ciruela que da sombra a un dormitorio, un nogal que filtra la luz de una cava, almendros que protegen las laderas de la erosión.

Cuando el incendio arrasó la región en julio de 2025, el viñedo se salvó—protegido por cercos mantenidos, calles segadas y claros estratégicos. Las laderas aún humean en algunos puntos. La ceniza se adhiere a los pliegues del suelo. Pero las higueras siguen ahí. Y también los morales. La vida no se ha ido. El fuego puede pasar, pero las raíces permanecen.

Château Lafite Rothschild — Pauillac, Médoc
Fruta con manos verdes

Aquí, las ensaladas siguen las estaciones y los higos equilibran el festín.
A pocos pasos de las parras, cinco hectáreas se cultivan a mano para mostrar el “detrás del escenario” de una cosecha. Huerta, huerto, plantas medicinales: todo crece con método. Rosales bordean los caminos como exploradores. El suelo se trabaja a mano. El agua cae con moderación, gota a gota.

Más de 50 especies de flores, hortalizas y árboles frutales crecen en el jardín de Lafite.

Entre las hileras, se encuentran zanahorias antiguas—no naranjas brillantes, sino moradas o blancas. Tomates en forma de cuerno crecen junto a claveles del poeta. La albahaca huele al sur, incluso en el Médoc. No es un jardín de postal, sino un instrumento de señales sutiles. Cada planta dice lo que la vid aún no expresa. Si el apio sufre, también lo hace el suelo.

Simon Nadeau, jardinero de Lafite, trabaja con el equipo para cuidar a diario cinco hectáreas de fruta, flores y hortalizas.

En los bordes, hierbas silvestres esconden remedios antiguos: ortiga, consuelda, milenrama. Secas e infusionadas, se aplican como “tés de compost” sobre las vides. Una cura casera, cuando la savia sube demasiado rápido o se queda estancada. Muy cerca, los frutales: higos de invernadero, ciruelas Ente, membrillos soñadores, peras impredecibles. El higo da dos veces, la cereza se agota antes que la vid, el membrillo se eriza cuando llegan los insectos. La fruta es un registro del clima.

Incluso las rosas tienen algo que decir cuando el cielo cambia. Manchas, oídio, texturas: su silencio alerta antes que los sensores. El oídio no tolera su sinceridad. Los jardineros, tampoco.

Se presta especial cuidado a las muchas especies de flores que iluminan el jardín bajo el Château.

Se cuida con especial dedicación a las muchas especies de flores que dan vida al jardín bajo el Château.

Desde 2021, Simon Nadeau dirige esta composición viva: un jardín diseñado como una partitura, donde cada planta tiene su lugar y su propósito. Ingeniero paisajista, coordina un equipo de siete personas, dos dedicadas exclusivamente a los árboles frutales y plantas comestibles. Algunas especies se plantan a modo de prueba. Otras se mantienen en observación. El jardín alimenta un cuaderno de temporada que los enólogos consultan tan a menudo como sus propias parcelas.

En Lafite, el jardín, el huerto y la huerta no son periféricos: amplían la lectura de una cosecha, entregan herramientas de diagnóstico y refuerzan la resiliencia agronómica del dominio. Y a veces, tras una observación o al doblar una hilera, una fruta se desliza en un delantal. Justo a tiempo para la merienda.

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