Es fruto de la cosecha, del sol y del tiempo. En manos del viticultor, la uva marca el ritmo del trabajo. A través del lente de grandes fotógrafos, se transforma en movimiento, luz, natura muerta y retrato vivo. Durante más de cincuenta años, artistas han sido invitados a plasmar sus «Miradas sobre Lafite». Muchas de esas imágenes exploran los múltiples rostros de la uva: fruto del esfuerzo, del ojo, del instante. Recorramos la cosecha a través de los ojos de siete fotógrafos que supieron ver en la uva una marca de belleza.
Robert Doisneau – 1993
Unos meses antes de su muerte, Doisneau seguía haciendo lo que más amaba: retratar personas en movimiento. Aquí, los cosechadores vacían sus canastos con gestos seguros y rostros concentrados. El fruto cae en cascada; la escena es cruda, vibrante, llena de vida. Se percibe la ternura de los trabajadores y la mirada sabia de un hombre que siempre supo observar lo que ocurre tras bambalinas.
Richard Kalvar – 1978
El díptico retrata dos momentos del mismo gesto. Primero, los racimos se elevan al aire, lanzados en una alegre anarquía. Luego, la caída: una oleada de uvas, casi abstracta, como una lluvia de materia. En la obra de Kalvar, la uva se vuelve marea, masa viva. Es el fruto del esfuerzo colectivo que vemos en la primera imagen: ese baile repetitivo y extenuante, transformado aquí en una pintura vibrante. Un homenaje al poder del movimiento.
John Stewart – 1959
Pasar de fotógrafo de moda en Nueva York a retratar a un hombre descalzo pisando uvas en una cuba puede parecer un giro inesperado. En ese entonces, Stewart trabajaba para Vogue y Fortune, y sin embargo aquí capta una materia viva, carnosa. Lejos del estudio, pero con el mismo sentido del encuadre y el color. Y quién sabe, tal vez fue Lafite quien despertó en él el deseo de dedicar su carrera a la naturaleza muerta.
Gueorgui Pinkhassov – 2019
La uva no está en el canasto: está al frente. Inmóvil, casi frontal, destaca como un rostro en la imagen. El cosechador pasa de largo, apurado y absorto. Pinkhassov invierte los roles: aquí, es el fruto quien observa. El fotógrafo ruso, obsesionado con la luz y la abstracción, convierte a la uva en protagonista.
Frank Horvat – 1997
Entre las vides retorcidas, bajo un cielo que parece pintado, un zorro mira fijamente a la cámara, como si supiera que Horvat lo está observando. Esta imagen singular, nacida de una sugerencia de Éric de Rothschild, mezcla documental y cuento de hadas. Horvat, fotógrafo de moda y maestro de la puesta en escena sutil, transforma aquí la viña en el escenario de una fábula. La uva está presente, muy real, pero ya nos adentramos en el imaginario de El zorro y las uvas, cuya moraleja aún está por escribirse…
Patrick Faigenbaum – 2021
La vid está sola. Separada de su entorno, enmarcada como un rostro bajo plena luz. Faigenbaum, pintor de formación y maestro del retrato fotográfico, aísla aquí una vid como quien retrata a un modelo sobre fondo neutro. Cada nudo, cada sombra, cada racimo se vuelve línea, volumen, carácter. Una imagen simple, frontal e intensa. Llena de fruto y detalles…
Sharon Core – 2014
No es una pintura. Pero todo está ahí: la luz rasante, el fondo marrón aterciopelado, la composición cuidadosa. Inspirada por las naturalezas muertas flamencas, Sharon Core reconstruye pacientemente aquello que la pintura ya había capturado. Aquí, la uva no dice nada. Reposa, protegida por sus hojas como tras un telón teatral. Un fruto de otoño, suspendido entre la botánica y la contemplación pura.
La uva aparece en estas fotografías como un personaje recurrente —nunca igual, siempre transformado. Es fruto, materia, motivo. Testigo de gestos, de miradas, de historias y épocas. Habla del paso del tiempo, de las manos que se suceden, de las miradas que cambian. Y lo que permanece es ella: la uva. Una pequeña marca de belleza, resiliente, cuidada por el ser humano en el relato continuo del vino.
Más recientemente, esa misma mirada artística se ha dirigido a Long Dai, en China, donde también se invita a fotógrafos locales a capturar la belleza del oficio y del territorio. La intención sigue siendo la misma: ofrecer a la vid un retrato fiel, sensible y perdurable.