El Periódico / Creencias

El manga que cambió el vino

Cómo un manga japonés, convertido en serie de Netflix, inició a una nueva generación en los grandes vinos.

Publicado entre 2008 y 2016, adaptado hoy en Netflix, Las Gotas de Dios sacudió los códigos del mondo del vino. Al convertir el vino en narrativa, el manga disparó la demanda de ciertos châteaux y ofreció a millones de lectores otra manera de amar el vino.

Desplazar hacia abajo

Todavía hoy resulta difícil medir plenamente el impacto de Las Gotas de Dios. Publicado por Glénat entre 2008 y 2016, este manga dedicado al vino —hoy convertido en serie por Netflix— cambió la forma en que se percibe y se cuenta el vino en el mundo entero. Al tratar las botellas como personajes, y al cruzar cata, emoción y cultura popular, llevó la cultura del vino mucho más allá de sus fronteras habituales.

En materia de vino, creíamos haberlo visto todo: las clasificaciones Parker, las subastas en Hong Kong… Y entonces llegó un manga japonés y volvió a repartir las cartas. A primera vista, el manga y los grandes vinos no parecen pertenecer al mismo mundo de códigos, ritos y distancias culturales. Y sin embargo, los autores, reunidos bajo el nombre de Tadashi Agi, lograron, conjugando el oficio del mangaka con el rigor del sommelier, convertir una cultura elitista en un fenómeno mundial.Todo empieza con un gesto familiar, casi un cliché. Abrir una botella, inhalar su perfume, dejarse invadir por sus aromas.

Eso es exactamente lo que experimenta Shizuku Kanzaki, el protagonista del manga Las Gotas de Dios. A través de él, el lector descubre un Bourgogne, un Châteauneuf-du-pape, como si descubriera a un personaje. Y así es como millones de lectores descubren el vino por primera vez.

Este joven sommelier parece sobrevolar un castillo en algún rincón de Baviera: ese es, precisamente, el efecto que le produce la degustación de un Château Lafite Rothschild 1990.

Imaginemos a un joven lector en Corea, China o Taiwán, un sábado por la tarde, con el manga apoyado en las rodillas. Va pasando páginas, se deja atrapar por la trama, y de pronto aparece un nombre: Château Mont-Pérat. Nunca lo ha visto en una tienda, no sabría decir de dónde viene. Pero, en su cabeza, se convierte en un tesoro, una botella mítica, un vino que hay que probar algún día, sin falta.

Tenchijin: el concepto místico detrás del manga

Los autores no buscaban sacralizar el vino. “Solo queríamos despertar la curiosidad y darle ganas a más personas de descubrir este mundo.” Pero al hablar del vino como si fuera un ser vivo —con su pasado, sus humores, casi su alma—, tocaron algo profundamente universal. Y la magia funciona: los lectores se sorprenden soñando, deseando probar, compartir y comentar vinos a los que, de otro modo, jamás se habrían acercado. En el manga, el vino nunca queda atrapado en una ficha técnica del tipo “frutos rojos, final largo, taninos sedosos”. Se vuelve una calle mojada en una película de Jacques Demy, una melodía de Brahms, un recuerdo de infancia.

Según Tadashi Agi, ahí es donde nace el mito: en el momento en que uno comprende que una botella guarda dentro una historia, la de un viticultor, un terroir, una añada. Porque en el corazón de esa magia se encuentra el concepto de tenchijin: el cielo, la tierra y el hombre.

El “cielo” es la añada, el año de cosecha que puede traer un clima perfecto o caprichoso, un sol generoso o una lluvia imprevista. La “tierra” es el terroir, el suelo, el clima, todo lo que da a la uva su identidad, su aroma, su estructura. Y el “hombre” es el viticultor, quien trabaja la viña, comprende su tierra y decide el momento de la cosecha, la manera de vinificar y de criar el vino. Según el creador, “cuando esos tres elementos se conjugan a la perfección, nace un vino que conmueve de verdad. El mito que se construye a su alrededor es la prolongación natural de esa alquimia. Claro que existe el ‘misterio del terroir’, pero son ante todo los hombres quienes le dan vida —o muerte— a ese terroir”.

Y como explica Tadashi Agi, en lugar de recurrir al vocabulario de los sommeliers, los autores se apropian del vino con imágenes y sensaciones que le hablan a todo el mundo. “Por eso los lectores pudieron identificarse con nuestro manga.”

El enfrentamiento entre el aficionado con el corazón y el estómago dañados y el joven sommelier que se atreve a contradecirlo.

El vino está integrado en la vida de los personajes. Refleja sus estados de ánimo y, a veces, los acusa. En el tomo 15, un catador experto devuelve un Château Lafite Rothschild 1990, declarándolo corchado. El camarero lo cata y queda estremecido por “un bouquet poderoso como un perfume”. El intercambio se convierte en un enfrentamiento hasta la intervención salvadora del dueño del bar de vinos: intuye que el cliente, en realidad, padece una úlcera. El hombre confiesa sus molestias estomacales, una acidez agravada por un reciente divorcio que le arruina el paladar y le impide apreciar la añada excepcional que pidió.

“Nuestro manga sirve de lenguaje común”

Este modo original de narrar es la clave del éxito de Las Gotas de Dios. El manga llegó a las jóvenes generaciones de toda Asia, y mucho más allá. Los lectores aprendieron a comprender el vino gracias a un relato sensible que, a veces, en palabras de Tadashi Agi, raya en “una sinestesia que trasciende fronteras y culturas”.

Desde que la obra se consagró como best-seller, los autores han dialogado con lectores de todo el mundo. Lo que constataron los sorprendió de verdad: esa manera de percibir el vino, de traducirlo en imágenes y sensaciones, se había extendido mucho más de lo que habían imaginado.

Esta fascinación tuvo efectos concretos en el mercado. Château Mont-Pérat, hasta entonces discreto, vio sus ventas dispararse y su precio multiplicarse por diez. Pero el manga no solo tuvo un efecto comercial: creó una cultura compartida. Gracias a la serie, en Japón se multiplicaron las juntadas de amigos en torno al vino. “Nuestro manga sirve a veces de lenguaje común. Esto provocó un alza en el precio de ciertos vinos, pero no lo habíamos previsto ni deseado”, explican los autores.

Insisten también en una convicción que defienden: el precio y la rareza no deberían ser los principales criterios para juzgar un vino. Su objetivo es más bien que todos —jóvenes y mayores— descubran el placer simple y accesible del vino, sin jerarquías ni exclusividades. En otras palabras, se trata tanto de democratizar el vino como de hacerlo habitar en la memoria de quienes lo prueban.

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