El Periódico / Creencias

Bajo las viñas, el templo

¿Bodega subterránea o templo neoclásico? Descubra el edificio más singular de Lafite, imaginado por el arquitecto visionario Ricardo Bofill.

Bajo las viñas de Pauillac, un círculo de hormigón, luz y silencio. Podría ser un templo, incluso un santuario pagano. Y, sin embargo, es una bodega.

Desplazar hacia abajo

Bajo las viñas de Pauillac, un círculo de hormigón, luz y silencio. Podría ser un templo, incluso un santuario pagano. Y, sin embargo, es una bodega. ¿Por qué tenemos la sensación de estar en un edificio neoclásico, más que en una instalación técnica dedicada al vino? ¿De dónde viene esta arquitectura, a la vez espectacular y casi mística? Para entenderlo, hay que volver al encuentro entre un barón esteta y un arquitecto catalán.

Dos anillos concéntricos de dieciséis columnas jónicas surgen de la tierra, lisas, claras, sosteniendo una rotonda perfecta. Por encima, vigas macizas irradian desde un óculo central que dibuja un sol. La luz es tenue, filtrada, difundida por pequeñas lámparas dispuestas sobre las barricas y por algunos apliques de pared. En el centro, un espacio vacío, teatral, rodeado de barricas de vientres violáceos.El patrón se repite en todas partes: la curvatura marcada de las barricas, la verticalidad rigurosa de las columnas, la diagonal de las vigas que converge hacia el corazón del lugar.

El conjunto respira equilibrio y simetría. El efecto es desconcertante. Se podría confundir fácilmente con un lugar de culto. Se percibe algo aquí del orden de la fe. Todo parece responder a una intención precisa, como si alguien hubiera apostado para que la belleza guiara la función del lugar.

La bodega subterránea del Château Lafite Rothschild, diseñada por el arquitecto catalán Ricardo Bofill.

Estamos en la bodega subterránea del Château Lafite Rothschild, construida en 1987 bajo las viñas de Pauillac. ¿Por qué ese aire de templo griego? ¿Qué idea presidió su nacimiento? Como ocurre muchas veces, todo partió de una dificultad a resolver.

El esteta y el arquitecto

A mediados de los años 80, el barón Éric de Rothschild cuestiona la organización tradicional de las bodegas de crianza. Las barricas son demasiado numerosas y las naves en forma de túnel que las albergan dificultan la circulación. Se hace necesario abrir nuevas perspectivas.

La rotonda central de la bodega subterránea.

Éric de Rothschild es conocido por su gusto seguro y asumido. Un periodista francés lo describió alguna vez como «un esteta de la más alta especie». Le gusta el teatro, las puestas en escena. Desde hace tiempo admira el trabajo de un arquitecto catalán que la prensa llama «el aventurero de la arquitectura»: Ricardo Bofill. Un soñador capaz de transitar del neoclasicismo a una exuberancia casi gaudiniana sin perder el hilo; un visionario que aprecia tanto la elegancia como el exceso.

«¡Un matrimonio explosivo!», titulaba la prensa francesa al anunciar el encargo confiado a Ricardo Bofill por el barón Éric de Rothschild.

El barón le encomienda una misión simple de formular, pero compleja de ejecutar: inventar una nueva bodega perfecta desde el punto de vista técnico y bella a la vista. La consigna es clara: «unir la perfección técnica y la belleza».

Bofill presenta un proyecto que el mismo periodista resume así: «inesperado, amplio y elegante». Se adivinan en filigrana reminiscencias de los círculos de Ledoux, de las salinas utópicas del siglo XVIII, de ciertos pabellones de peaje de geometrías ideales. El principio: enterrar la bodega bajo dos metros de tierra cultivada, hacerla invisible desde las viñas y, al mismo tiempo, dibujar en su interior una especie de sol radiante, con las barricas dispuestas en círculos alrededor de un centro luminoso.

Divino, pero discreto

Éric de Rothschild está entusiasmado… no sin cierta inquietud. Sin embargo, en la inauguración describe el proyecto como uno de los más estimulantes – y gratificantes – de la época en el mundo del vino. Y explica su lógica. ¿Por qué una bodega circular? Porque permite, dice, «el acceso más eficiente a cada barrica desde un punto central, bajo el emblema de Lafite,  reduciendo al mínimo las distancias y el esfuerzo». ¿Por qué enterrarla? «Para garantizar una temperatura perfecta». ¿Por qué ese óculo en el techo? Para que los equipos trabajen con luz natural, y no en una penumbra artificial.

Una vez definidos esos parámetros, la arquitectura toma protagonismo. El barón resume el resultado en una frase: un lugar donde se mezclaron «técnica, artesanía, belleza y arte arquitectónico», para dar vida a un espacio dotado, según él, «de cierto encanto».

Columnas y vigas de hormigón: detalles de la arquitectura neoclásica de la bodega subterránea.

En Burdeos, donde la exuberancia arquitectónica ha sido durante mucho tiempo vista con recelo, no faltan quienes alzan una ceja. El último gesto arquitectónico grandioso se remontaba por entonces a las pagodas de Cos d’Estournel, cuyos techos mezclan influencias diversas, árabes y orientales. Éric de Rothschild eligió otra vía: un enfoque espectacular, aunque deliberadamente enterrado. La bodega será magnífica, pero discreta.

Cuando el subsuelo lo revoluciona todo

En su inauguración, en 1987, la bodega subterránea de Lafite es una especie de ovni. Hasta entonces, las bodegas eran espacios utilitarios, concebidos para el trabajo más que para la emoción. La de Bofill —4.000 m² de hormigón vertido en una geometría casi monástica— bordea el escándalo, según cómo se mire.

Pero la demostración es contundente: el lugar funciona. Es fresco, estable, racional. La pendiente del techo facilita los movimientos. El diseño circular permite a los operarios trabajar sin interrupciones, mientras los visitantes circulan en altura por galerías discretas. Y, sobre todo, cambia la mirada de los aficionados: demuestra que una bodega puede ser a la vez cautivadora y contemplativa.

Planos arquitectónicos y fotografías que documentan el diseño y la construcción de la bodega.

Poco a poco, Burdeos sigue el ejemplo y llegan los arquitectos: Jean Nouvel, Philippe Starck, Christian de Portzamparc, Herzog & de Meuron… Las bodegas se convierten en catedrales. Una región considerada austera y conservadora muda de piel. Se puede decir que Éric de Rothschild y Ricardo Bofill dieron el impulso: demostraron que una bodega podía deslizarse bajo las viñas sin traicionarlas, y que un espacio de trabajo podía, al mismo tiempo, rozar la trascendencia.

Más allá de Bofill

Hoy, Lafite vuelve a estar en obras. Una bodega por gravedad se levanta, ya no bajo tierra, sino sobre ella. Concebida para recibir la cosecha y vinificar, reemplazará la actual nave de vinificación, mientras la bodega de Bofill seguirá albergando las barricas y la crianza de los grands vins del Château.

Donde Bofill ocultaba su gesto, el nuevo edificio propone otra relación con el paisaje: ligera, abierta y contemporánea.

La idea ya no es imponerse como un objeto, sino poner en escena movimientos, flujos y una gravedad controlada. Las uvas descienden a las cubas de forma natural; los vinos circulan sin obstáculos; las distancias se acortan. La arquitectura no busca dominar la viña, sino iarmonizarse con ella. Los arquitectos hablan de «negative architecture» —o arquitectura de la sustracción—: una manera de definir un edificio no por lo que muestra, sino por lo que se cuida de perturbar.

Esta prudencia no es nueva: es la misma lógica de discreción, traducida a otro lenguaje. No se trata de eclipsar el «sol» de Bofill, sino de gravitar a su alrededor, como un nuevo astro.

Mientras tanto, la bodega subterránea sigue cumpliendo su misión. Cría añadas que marcarán el siglo, recibe conciertos, catas y ceremonias del vino. Permanece, bajo las viñas, como una suerte de capilla laica.

Vista aérea de la construcción de la nueva bodega.

Quizás ahí reside la paradoja de Lafite: su gesto más audaz es el que no se ve. Su templo más espectacular está enterrado bajo la tierra que lo nutre. Esta bodega le da al vino el espacio necesario para alcanzar su plenitud, como suspendida fuera del tiempo.

Un santuario de crianza, imaginado por dos grandes creyentes —uno de la arquitectura, el otro del vino—, que continúa, en la sombra, cumpliendo su promesa: ayudar al vino a realizarse.

Leer más

Las raíces de Château Lafite Rothschild

Ficción del primer día del Baron James de Rothschild en Pauillac.

Durante mucho tiempo, no supimos si el barón James pudo viajar a Château Lafite tras la adquisición de la propiedad en agosto de 1868 y antes de su muerte a finales de ese mismo año. Gracias a las investigaciones realizadas para nuestro Almanaque, hemos descubierto el final de la historia. Se encontró constancia de la visita del barón en un breve artículo de dos líneas, con faltas de ortografía, publicado en un importante diario de la época, Le Constitutionnel.


Grands Crus y pantalla grande: nuestros vinos en el cine  

¿Qué tienen en común François Pignon y James Bond? Lafite, ¡por supuesto!

Notas de paso: la palabra es plata y el libro oro

Miradas cruzadas sobre los libros de oro de Château Lafite Rothschild y Los Vascos.

Desde las grandes mesas de Pauillac hasta la inmensidad de los paisajes chilenos, los libros de oro de Château Lafite Rothschild y Los Vascos narran setenta años de camaradería, sonrisas y trazos de lápiz. Notas de paso que son como añadas del corazón.

El Triatlón de los Châteaux

Cuando se unen los Domaines

Los equipos franceses de los Domaines Barons de Rothschild Lafite personifican el espíritu de la familia, en carne y hueso y sudando. Retazos de un día frenético en Lafite.

Conoce la familia...
lo sentimos, pero usted no tiene la edad suficiente para acceder e este sitio web