El Periódico / Cuerpo

Manifiesto por un vino inclusivo

Entrevistamos a Sandrine Goeyvaerts, autora del Manifeste pour un vin inclusif (Nouriturfu, 2021)

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Sandrine Goeyvaerts es una sommelier de Lieja, feminista, enamorada de la literatura y autora prolífica. Escribe principalmente sobre el vino. Su último ensayo, publicado por Nouriturfu a finales de 2021, es un “Manifiesto por un vino inclusivo”.

Una mañana de agosto, tuvimos la suerte de robarle una hora de su tiempo, compartido con su café y un par de tostadas, para que nos explicara las razones de su manifiesto y cuáles son sus objetivos.

Sandrine, gracias por dedicarnos su tiempo, esta mañana. ¿Cómo prefiere que la presentemos?

¡Hola! Llevo 28 años trabajando en el mundo del vino. Mi trabajo consiste en venderlo y en escribir sobre él. Me gusta el vino porque es un producto cultural, sociológico y filosófico. Intento, a mi manera, bajo un enfoque feminista que he ido desarrollando con el tiempo, analizar todos esos aspectos.

Su último libro es un manifiesto por un vino inclusivo. ¿Qué le impulsó a escribirlo?

La forma en que hablamos sobre el vino puede modificar completamente tanto nuestro comportamiento como nuestras expectativas. Siempre me ha interesado esta dimensión del lenguaje. Lo que me interesa es hacer que el vino sea más accesible, no sólo traduciendo los términos científicos, sino también repensando la forma en que se ha ido desarrollando el lenguaje específico del vino.

«El mundo del vino se construye de un modo muy binario, con un femenino muy pasivo y fragmentario (decimos del vino que es carnoso, redondo, que tiene piernas o lágrimas) y un masculino viril y potente»

Refiriéndonos al tema del lenguaje, ¿podría profundizar más?

La forma en que se habla del vino, con un lenguaje muy codificado, surgió en salones burgueses hace solo unos siglos. Para los hombres blancos y educados que poblaban estos salones, el lenguaje era una forma de destacarse. Su precisión los separaba del vulgo.

He leído libros de historia y también revisado revistas actuales sobre vino, para analizar su léxico y con qué frecuencia se mencionan mujeres y hombres, respectivamente. También he ideado un cuestionario para interrogar a profesionales y a no profesionales sobre cómo perciben el lenguaje del vino. Las supuestas cualidades de género de los vinos, femeninas y masculinas, generaron algún debate entre los hombres, mientras que fueron rechazadas en su totalidad por las mujeres.

Precisamente, ¿qué nos puede decir del género en el mundo del vino?

El mundo del vino se construye de un modo muy binario, con un femenino muy pasivo y fragmentario (decimos del vino que es carnoso, redondo, que tiene piernas o lágrimas), y un masculino viril y potente.

Me objetan a veces que los hombres también tienen piernas. Pero hay que fijarse en el contexto. No podemos limitarnos a tomar palabras por separado y adjudicarles una etiqueta. El peligro reside en asociarlas, en su uso contextual. 

Cuando se dice de un vino que es para hombres o está vigoroso, estamos ante el estereotipo del hombre fuerte. Al contrario, cuando hablamos de las piernas del vino, o de que es carnoso o redondo, existe una clara sexualización del cuerpo femenino. 

Los términos masculino y femenino, en francés, se usan todavía hoy día en la enseñanza superior técnica. En una Web oficial sobre los vinos de Borgoña, pude leer hace poco una comparación entre el vino y un lápiz de labios.

Sí, entre el sexismo y la metáfora, es un ejemplo de una tendencia que a Vd. le parece lamentable en algunos de sus colegas…

Efectivamente, las autoras y los autores de descripciones de vinos suelen caer en la tentación de ponerse poéticos. Esto es particularmente cierto en la francofonía, mientras que los anglosajones tienden a ser más sobrios. A menudo, por ejemplo, cuando se habla de notas de frutas exóticas, se evoca un orientalismo teñido de colonialismo con sus ‘salvajes’, su ‘almizcle’, sus ‘odaliscas’, etc.

Y surge un doble problema: no sólo nos alejamos del sabor, sino que lo hacemos centrándonos en una perspectiva occidental, considerando como exóticas referencias que no lo son en absoluto en otras culturas.»

«Usando términos con connotaciones, se perpetúan estereotipos. Cuando nos esforzamos en no emplear dichos términos, iniciamos un cambio»

Menciona usted ‘almizcle’ y ‘odaliscas’. Critica la pedantería de los críticos de vino con sus términos a menudo cursis y exóticos. ¿Cómo librarnos de ello?

Es necesario simplificar, sin caer en el simplismo. Siempre resulta tentador utilizar términos un poco complicados cuando nos hemos tomado la molestia de aprenderlos: maceración carbónica, volátil, empíreo, etc. Todos esos términos pueden reemplazarse fácilmente por palabras más evocadoras.

Lo importante es saber a quién nos dirigimos. ¿Está mi interlocutor dispuesto a escuchar una explicación y estoy yo en condiciones de dársela? Resulta desagradable, al hablar de vino, que alguien te aseste datos que nos has solicitado.

 

El lenguaje debe adaptarse. Como sommelier, soy psicóloga, profe, estudiante; me pongo en el lugar de la gente y la gente me enseña mucho. A veces me piden un vino con un buen sabor a madera. Les digo que ese no es el objetivo: ciertamente aportará complejidad, pero el propósito no es oler o saborear la madera. Mucha gente también imagina que ‘afrutado’ es sinónimo de dulce. En ambos casos, vemos los efectos perjudiciales de una comunicación deficiente.

Sin embargo, el marketing puede ser una extraordinaria herramienta pedagógica. Llevo más de diez años hablando de feminismo en el mundo del vino. Veo cada vez más comunicados escritos de un modo inclusivo. Los leo mucho, aunque respondo muy poco, porque para mí es un buen indicador de la evolución de la profesión.

¿Cómo participar en esa evolución de la profesión?

Es importante reflexionar acerca de las palabras que utilizamos. Los vinos para ‘mariquitas’ ( c´est tres vulgaire comme mot en espagnol et tres daté aussi…comment est le mot en francais?) , los vinos de ‘mujercitas’, los vinos masculinos, los vinos femeninos, etc. Podemos prescindir de esas expresiones, que no aportan nada.

Pensar en el lenguaje del vino es un primer paso para reflexionar sobre los comportamientos. Usando términos con connotaciones, se perpetúan estereotipos. Cuando nos esforzamos en no emplear dichos términos, iniciamos un cambio. Luchamos contra lo que puede llevar a la sexualización y la dominación, abordando la cuestión desde una de sus raíces: el lenguaje.

¿Qué otras raíces alimentan el sexismo en el mundo del vino?

Sin duda el alcohol es una de las principales, y supone un verdadero tabú: no se habla de consumo excesivo en el mundo del vino. No se habla de la capacidad del vino para desinhibir y alimentar comportamientos al límite o, a veces, más allá de cualquier límite.

Estructuralmente, en la industria, los nombres de las mujeres también aparecen muy poco. Se sienten menos legitimadas, les resulta más difícil montar viñedos y obtener préstamos.

«Reunirse sin hombres, ayuda a las mujeres a darse cuenta de que no degustan menos bien, de que pueden disfrutar»

¿Qué sería un vino inclusivo?

Sería un vino hecho y elaborado al margen de cualquier nefasta relación de dominación. Permitiría que todos se sentaran a la misma mesa, y que lo compartieran de un modo sencillo, sin complejos.

Y hasta que se llegue a ese día, ¿organiza usted catas en grupos separados por sexos?

En mis catas de vinos para mujeres, que incluyen tanto a aficionadas puras como a viticultoras, nadie me interrumpía para que volviera a explicar lo que acababa de decir. Reunirse sin hombres, ayuda a las mujeres a darse cuenta de que no degustan menos bien, de que pueden disfrutar. Nadie las interrumpe. Esta educación de género que otorga a los hombres la legitimidad para expresarse nos ha obligado a nosotras, las mujeres, a interiorizar una forma de discreción y cortesía. En mis catas no mixtas, pero, sobre todo, en todo lo que escribo, lucho contra eso.

Y le estamos muy agradecidos. Es elocuente y convincente. Para concluir nuestra entrevista con la visión pedagógica que caracteriza su trabajo, ¿aceptaría someterse a un pequeño ejercicio?

Sí, con mucho gusto, todavía tengo diez minutos.

Bueno, iremos deprisa. Voy a leerle dos notas de catas de vinos de los Domaines Barons de Rothschild Lafite, tal y como se reproducen en sus Webs respectivas, y usted me hace una lectura crítica. ¿De acuerdo?

Sí, ¡vamos allá!

El primero es un Carmes de Rieussec 2021:
Un aroma sutil que se abre con una mineralidad pronunciada, y notas de piedra cálida y de hierba seca después de la tormenta. A continuación, aparecen notas frutales de albaricoque fresco y algunos matices de flores blancas. Ya sea en nariz o en boca, nos guía la expresión aromática del sauvignon (el 39% de sauvignon blanc en la mezcla), con un ligero toque a limón, en boca, y una gran frescura.

La presencia del roble es discreta y está muy bien integrada, dando vida a un vino elaborado al que querríamos regresar una y otra vez.

Me gusta, son evocaciones muy claras. Hay menos poesía que en algunos comentarios. El comienzo me recuerda a una especie de petricor rural: no es el olor de lo pavimento después de la lluvia, sino el de las piedras y la hierba después de la tormenta. Es hermoso y muy evocador.

Por otro lado, aunque el concepto de mineralidad parece simple, no todos tienen de él la misma definición. Incluye tanto el umami como el sabor salino. Estoy trabajando en mi próximo libro centrado en la noción del gusto, y esta es una de las conclusiones a las que llegué tras interrogar a sumilleres de diferentes regiones del mundo.

El segundo es un Château d’Aussières 2018 en rojo:

En copa, la añada 2018 se presenta con un hermoso color intenso. En nariz, revela un buqué aromático muy complejo de frutas frescas y cocidas, notas de sotobosque, aromas de arbustos mediterráneos, y toques de pimienta y vegetales frescos. En boca, la expresión frutal se manifiesta con la misma generosidad, un equilibrio amplio y armonioso, respaldado por taninos finos que proporcionan una agradable sensación de frescura. El final es largo y rico en notas de mermelada y chocolate.

En francés al color del vino en la copa lo llamamos falda, “robe”. No hay problema con la mención de la falda siempre y cuando no esté seguida de una descripción con connotaciones sexuales. En este contexto, está bien, ya que se utiliza de manera analítica y sin ambigüedad. En cuanto a asociar el chocolate y vegetales frescos, resulta una apuesta interesante. Los vegetales frescos pueden evocar notas de hierba cortada, y la combinación con el chocolate puede resultar sorprendente, pero no forzosamente negativa. A menudo, en las catas, se buscan descripciones que capturen la complejidad y la diversidad de los sabores y aromas, y esta combinación podría ser parte de esa riqueza sensorial. Sin embargo, como usted menciona, la descripción puede adolecer de cierta vaguedad. Al escribir sobre vino hay que encontrar un compromiso, se puede ser preciso, pero sin excluir a los lectores. 

Muchas gracias, Sandrine, por su tiempo y por esa lectura crítica. E invitamos a todos los lectores a que descubran su Manifeste pour un vin inclusif.

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